06/08/2026

Hoy 6 de agosto se celebra el día del Ingeniero Agrónomo y del Médico Veterinario: Roberto Casas reconstruye la rica historia detrás de esta conmemoración y el origen local de ambas profesiones

Otra invalorable colaboración del ingeniero agrónomo Roberto R. Casas para Bichos de Campo, esta vez para contar los orígenes históricos en la Argentina del día del Ingeniero Agrónomo y el Médico veterinario, cada 6 de agosto. BICHOS DE CAMPO - 06/08/2026

Casas es director del Centro para la Promoción de la Conservación del Suelo y del Agua, PROSA – FECIC; académico de número da la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria, y docente universitario. Este es el texto histórico que envió:

El 6 de agosto de cada año se celebra el día del Ingeniero Agrónomo y del Médico Veterinario en conmemoración del comienzo del dictado de las clases en 1883, en la primera institución de educación superior en ciencias agrarias del país: el Instituto Agronómico Veterinario “Santa Catalina”, situado en Lavallol, Provincia de Buenos Aires. Este instituto fue creado mediante ley 1424 del año 1881, durante el gobierno provincial del Dr. Dardo Rocha.

Es un día destinado a destacar el trabajo de Ingenieros Agrónomos y Médicos Veterinarios que desde la investigación, la extensión, la docencia y el asesoramiento técnico, aportan sus conocimientos para fortalecimiento del sector agropecuario y el desarrollo del país. 

En este día, recordamos nombres insignes, personalidades forjadoras de la agronomía y veterinaria de nuestro país tales como Lorenzo Parodi, Joaquín Zabala, Alberto Soriano, Ezequiel Tagle, Walter Kugler, Osvaldo Eckell, Jorge Molina, Scholein Rivenson, Antonio Prego, José María Agote, Angel Marzocca y Alfredo Manzullo, entre otros. 

Santa Catalina: allí nació todo. El nombre “Santa Catalina” aparece por primera vez documentado en una escritura del año 1819, en carácter de “Estanzuela de Santa Catalina”, en referencia a Santa Catalina de Siena. Las fértiles tierras eran utilizadas para el pastaje de las caballadas militares y los rodeos de vacunos, a través de la cría extensiva. Parte de la estancia Santa Catalina fue vendida a los hermanos Juan y Guillermo Parish Robertson, dos escoceses dedicados al comercio exterior, para promover el establecimiento de compatriotas europeos en la campaña de Buenos Aires.

Según relatan De Magistris, A. A.  y Fiedczuk, A. S. por su iniciativa, y bajo el gobierno de Bernardino Rivadavia, en 1825 se radicó en Santa Catalina y otras dos estancias contiguas, un contingente de 220 escoceses con el fin de establecer una colonia que contaría con la garantía de la libertad de culto.

La forestación fue un aspecto muy atendido por los colonos, quienes se dedicaron básicamente a tareas agrícolas y de granja, especialmente a elaboración de alimentos lácteos como quesos y manteca, y la de frutas y hortalizas en forma de dulces y conservas. La manteca “Santa Catalina” se vendía en panes de una libra y era la predilecta en la ciudad de Buenos Aires, en aquellos primeros años posteriores a la independencia.

Al sobrevenir varias sequías intensas en la región y debido a la inestabilidad política de la época, los colonos se vieron obligados a dispersarse hacia el año 1830. Durante la etapa siguiente, la estancia Santa Catalina se destinó principalmente a la cría de ovinos de raza, bajo la propiedad de Guillermo Taylleur y luego Patricio Bookey, hasta la venta de las tierras al gobierno provincial.

Los comienzos de la enseñanza agropecuaria. A partir de 1860 el gobierno de la Provincia de Buenos Aires entiende la necesidad de implementar un plan para la enseñanza en temas agropecuarios por lo que en 1868, decide comprarle Santa Catalina al estanciero irlandés Patricio Bookey quien tenía la mayoría de los terrenos de la colonia escocesa. 

Por Ley del 30 de septiembre de 1868, dispuso la creación de un Instituto Agrícola, encomendando a la Sociedad Rural Argentina la elección de un lugar apropiado para tal fin.  Eduardo Olivera, primer agrónomo argentino egresado de la Escuela de Agricultura de Grignon (Francia), fue nombrado presidente de aquella institución agraria. Pero ese proyecto no llegó a ejecutarse, pues a causa de la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires, se destinaron las instalaciones de Santa Catalina para dar refugio a los huérfanos del Colegio de la Merced y los asilados de la Casa Cuna.

Escuela Agronómica y Veterinaria de Santa Catalina. En el año 1881, durante el gobierno provincial del Dr. Dardo Rocha, se promulgó la Ley 1424, que diera origen al Instituto Agronómico Veterinario de Santa Catalina, designándose una Comisión Directiva del Haras y Escuela Agronómica y Veterinaria de Santa Catalina, presidida por el Dr. Mariano Demaría, para que se ocupara de su organización y dirección. Tenía como objetivo “aplicar los descubrimientos de la ciencia a las diversas ramas de la producción animal y vegetal, formar hombres expertos y observadores capaces de mejorar los procedimientos de la explotación del suelo”.


Plano general de Santa Catalina, 1883

En su informe al Ministro en 1883, el Dr. Mariano Demaría, consigna que la Escuela y Haras dispone de la siguiente infraestructura: a) el edificio destinado a las Facultades de Agronomía y Veterinaria; b) un edificio destinado al alojamiento de los animales finos que se trajeron de Europa; c) la casa de la administración del Haras  y cuatro compartimentos destinados a enfermería de los animales que llegaran a padecer enfermedades contagiosas; d) la construcción destinada a máquinas y depósito de forrajes; e) el baño para los animales; f) los potreros para mantener con la conveniente separación a los animales, y g) los jardines.

El edificio destinado a las Facultades de Agronomía y Veterinaria tenía capacidad para contener cómodamente 200 alumnos internos. Diseñado por el arquitecto Juan Martín Burgos, el establecimiento fue pensado como una institución educativa, que tuviera en cuenta las posibilidades de que alumnos y docentes se instalaran de modo permanente.


Fotografía del edificio de 1883

La comisión directiva, aprovechando el viaje a Europa de uno de sus miembros, el señor Wilson Jacob, le dio encargo de comprar el mobiliario para las clases, comedor, dormitorios, oficinas, ropas de vestir y de cama para los alumnos, utensilios de cocina, etcétera. Los instrumentos para el laboratorio de química y gabinete de física fueron comprados en Europa por el profesor de esas materias señor Julio Frommel, acompañado del rector de la Universidad de Lovaina, Bélgica. 

El ingeniero Gustav Joseph André, quien asumió la responsabilidad de ejercer la Dirección General de la Escuela, nació en Bélgica el 8 de octubre de 1850, graduándose en la Universidad Católica de Lovaina, con el título de ingeniero agrónomo. Fue el creador de la agronomía científica en Argentina. Arribó al país en el año 1881 integrando el primer grupo fundacional de ingenieros agrónomos y médicos veterinarios contratado por el general Julio A. Roca para fundar en el año 1882 la Escuela de Agronomía y Veterinaria “Santa Catalina”, primer instituto de enseñanza agraria del país.

El cuerpo de profesores fue contratado en Bélgica y estaba compuesto por los siguientes profesionales: Gustavo André, Director General del establecimiento y profesor de Agronomía; Carlos Tombeur, Director Veterinario y profesor de Veterinaria; Carlos Lambert, Director del Haras y profesor de Veterinaria; Camilo Gillet, profesor de Agronomía; Desiderio Bernier profesor de Veterinaria. Julio Frommel, de nacionalidad francesa fue contratado como profesor de Química y Física.  


Fotografía del año 1882 en la que se observan a los fundadores de la Escuela de Agronomía y Veterinaria Santa Catalina, siendo ellos, Artemio Gramajo, Gustavo André, Ricardo Newton, Julio A. Roca, Antonino Cambaceres, Alberto Larroque, Martín Campos, Carlos Tombeur, Daniel Donovan, Mariano Demaría y Luis Guillón.

Manifiesta el Dr. Demaría en su informe al Ministro de Agricultura “La Escuela de Agricultura concurrirá mayormente si cabe, a la riqueza y adelanto de esta provincia, esencialmente agrícola. Si escasos son los conocimientos que poseen los hacendados respecto al refinamiento de ganados, la manera de cuidarlos y las enfermedades a que están sujetos, muchas de las cuales se desenvuelven con carácter epidémico y producen pérdidas incalculables, menores son los de los agricultores con relación al cultivo y explotación de la tierra, incompetencia que se explica teniendo presente que hasta hace poco todos nuestros campos han estado entregados a la ganadería y que la agricultura propiamente dicha ha comenzado recién a desenvolverse con la inmigración de los últimos 15 años, inmigración que si bien nos ha traído hábitos de trabajo, carece de los conocimientos más elementales en la industria que practica y se limita a pedir a una tierra naturalmente fecunda. Y sin embargo nadie ignora que de todas las industrias que concurren a la formación de la riqueza de un pueblo, la agricultura es sin contradicción alguna, la que ocupa el primer puesto, como tampoco se ignora que la explotación y cultivo de la tierra están sujetos a leyes cuya aplicación inteligente disminuye si no evita por completo, las contingencias a que primitivamente estaba expuesta. La importancia del establecimiento de Santa Catalina es indiscutible. Hoy día por medio del haras y por un precio relativamente exiguo se pone el refinamiento al alcance de todos los ganaderos y sí como debe creerse, continúa el gobierno dotando al haras de mayor cantidad de animales finos, pocos años bastarán para modificar provechosamente las condiciones del ganado argentino”.

El comienzo de las clases. El 6 de agosto de 1883 se inauguró el Instituto Agronómico – Veterinario de Santa Catalina, contando con 16 alumnos internos. En algunas reseñas históricas se habla de 17 alumnos pero esta diferencia, según está documentado en una placa del Instituto, se debe a que en el libro de matrículas debido a las supersticiones, nadie quiso ocupar el lugar número 13.

Las clases estaban organizadas desde el primero de marzo hasta fines de noviembre, época en que comenzaban los exámenes. Estas evaluaciones tenían una duración de 25 minutos con un régimen estricto ya que quienes obtenían malas calificaciones en forma reiterada no podía continuar la carrera. Las dos categorías de los cursos, duró apenas un año, ya que en 1884 desapareció la carrera corta, quedando únicamente los cursos de cuatro años para agronomía y veterinaria. Por ello, los alumnos volvieron a ser matriculados y se agregaron muchos más, llegando a ser 78 en total.

El Instituto comenzó a aumentar su alumnado de manera considerable, llegando a 175 inscriptos en el año 1887. Esta situación, determinó la urgente necesidad de incorporar mayor número de profesores. En septiembre de 1886 arribó el veterinario, también recibido en Alfort (la más prestigiosa escuela de veterinaria de su tiempo), Eugenio Vermeersch y en marzo del año siguiente arribaron los ingenieros Luciano Garola, Pablo Lavenir, Eduardo Losson y Gustavo Rieder, y los veterinarios franceses, Víctor Even y Alejandro Tribout, ambos egresados de la mencionada escuela de Alfort.

El Instituto contó con una publicación propia que comenzó a editarse el 20 de agosto de 1886 en la que junto a artículos de interés zootécnico, veterinario y agronómico eran infaltables las noticias de los sports, como se llamaba en aquellos años a las carreras de caballos, deporte de inusitada difusión entre la clase pudiente. Todos los años se festejaba el aniversario de la iniciación de los cursos. Cada 6 de agosto era celebrado con un banquete que era amenizado con música a cargo de alguna orquesta de aficionados.


Dictado de clases en la Escuela Santa Catalina

Los primeros Agrónomos y Veterinarios egresados. En 1887 egresaron los primeros diez ingenieros agrónomos: Pablo Aguirre, Felipe Fernández, Antonio Gil, José María Gil, Carlos D. Girola, Juan M. Moura, Enrique M. Nelson, Pedro E. Pages, Juan G. Ramírez, Eduardo R. Raña, y los tres médicos veterinarios: José María Agote, Calixto Ferreyro y Ángel Custodio Martínez. Al año siguiente, el 6 de agosto de 1888, rindieron el examen de tesis.

El alto nivel académico alcanzado por los primeros grupos de egresados hizo que las autoridades de la provincia prestaran mayor atención a los estudios que se prestaban en Santa Catalina, por lo que el 4 de junio de 1889 se envió a la legislatura provincial un proyecto del poder ejecutivo que impulsaba la creación de una Facultad de Agronomía y Veterinaria sobre la base del Instituto Agronómico y Veterinario. Sin embargo, la provincia atravesaba una crisis financiera que impedía realizar cualquier inversión en Santa Catalina, por lo que se decidió el inmediato el traslado del Instituto a la ciudad de La Plata, elevándolo a la categoría de Facultad, cumpliendo con una ley sancionada el 12 de noviembre de 1889.

El 15 de noviembre de 1902, el ministro de Justicia e Instrucción Pública de la Nación, Doctor Juan Fernández, y el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Doctor Marcelino Ugarte, firmaron un convenio por el que la Provincia le cedía a la Nación, en propiedad y a título gratuito, el establecimiento de Santa Catalina y el Observatorio Astronómico. El convenio, fue aprobado por la legislatura provincial el 23 de diciembre de 1903 y por el Poder Ejecutivo de la Nación el 31 de diciembre de 1904. El 12 de agosto del mismo año se firmó un convenio ad referéndum entre la Nación y la Provincia para la creación de la Universidad Nacional.

La actualidad de Santa Catalina. Hoy el predio, constituye la Reserva Natural Provincial Santa Catalina y un sitio histórico nacional protegido, constituyendo un espacio verde de 670 hectáreas que se localiza en el Partido de Lomas de Zamora, en el sur del Gran Buenos Aires. A través de un variado mosaico de ambientes que incluye humedales, pastizales, bosques y sectores de parques que rodean cascos históricos, se despliega una rica biodiversidad.

Esta excepcional riqueza biológica es objeto de estudio permanente mediante proyectos universitarios de investigación. El sitio está reconocido como Lugar Histórico Nacional (1961), Lugar Histórico Provincial (1992) y Patrimonio Histórico Municipal (2016), sobre la base de dos hitos fundamentales: la radicación en el lugar de la primera y única colonia de granjeros escoceses (1825) y la creación en 1883 del Instituto Agronómico-Veterinario de Santa Catalina, primer lugar en Sudamérica donde se impartió la enseñanza de nivel superior en las disciplinas agropecuarias.

La Escuela “Santa Catalina” desde el 6 de agosto de 1883 se convirtió en el pilar de la enseñanza agropecuaria superior en la Argentina por lo cual esa fecha quedó establecida como el día del Ingeniero Agrónomo y del Médico Veterinario. Este día constituye una jornada destinada a reconocer la labor fundamental que ingenieros agrónomos y médicos veterinarios desempeñan en la mejora de la producción agropecuaria, la conservación de los recursos naturales y la promoción de la salud animal, contribuyendo significativamente al bienestar y desarrollo sostenible del país. En 1959, el 6 de agosto fue instituido como el “Día de la Enseñanza Agropecuaria”.

Los cambios tecnológicos. Los cambios tecnológicos significativos producidos en el agro argentino, tales como la revolución verde y la revolución biotecnológica, que han sido de fundamental importancia para el aumento de la producción agropecuaria nacional, trajeron aparejados múltiples cambios tales como la concentración de la producción agrícola en pocos cultivos de elevados rendimientos, aumento de la superficie agrícola y expansión de la frontera agropecuaria a nuevas tierras, entre otros. La adopción de los nuevos sistemas productivos requirió de la participación de profesionales locales ingenieros agrónomos y médicos veterinarios capaces de desarrollar y adaptar la tecnología a las características de cada suelo y región.

La revolución digital en los últimos años viene modificando todas las actividades del sector agropecuario, iniciando un camino que recién comenzamos a transitar. Junto a la biotecnología y los adelantos en la mecánica, persiguen aumentar la eficiencia, productividad y sustentabilidad del sistema agroproductivo. Estamos en un punto de inflexión de una verdadera revolución digital donde se destacan el uso de plataformas para la gestión agropecuaria, software de gestión de cultivos y de datos a nivel de lote, así como para la trazabilidad y certificación de procesos.

La difusión de la conectividad a internet en el sector rural y la accesibilidad a distintos tipos de dispositivos necesarios, han sido determinantes para el desarrollo digital. Como ejemplos se pueden mencionar la tecnificación y automatismo de la maquinaria, monitoreo de rendimientos, siembras de precisión, sensores para aplicación selectiva de agroquímicos, procesamiento de imágenes satelitales y mapas de suelos, análisis de suelos, datos meteorológicos etc. Se considera que a su vez, la inteligencia artificial permitirá integrar la información de plataformas y dispositivos que ya están en funcionamiento para el logro de una agricultura más sustentable.

En medio de toda esta realidad esperanzadora para el campo argentino aparecen algunos desafíos críticos tales como la variabilidad climática creciente (anegamientos y escasez hídrica), aumento de plagas resistentes, incremento de procesos degradatorios de los suelos (erosión, deterioro de la estructura, disminución de la materia orgánica y escasa reposición de nutrientes) y la pérdida de biodiversidad, que están poniendo a prueba la sostenibilidad del sector. Frente a estos desafíos, sin duda se necesitará cada vez más disponer de profesionales capacitados en las nuevas tecnologías y nuevos enfoques (por ej. “Una Salud”) para continuar mejorando la competitividad y sustentabilidad de la producción agropecuaria de nuestro país.

Un párrafo especial amerita el aporte efectuado por profesionales del INTA desde su creación, como motor en materia de investigación, extensión e innovación tecnológica a nivel nacional a través de su red de Estaciones Experimentales, Agencias de Extensión e Institutos de Investigación. Su rol en la formación de recursos humanos especializados ha sido imprescindible para que estas tres grandes “olas” tecnológicas pudieran plasmarse. Es de capital importancia asegurar la permanencia en la institución de los profesionales formados, así como dar continuidad al proceso formativo a través de becas  profesionales cuyo éxito para la institución y el país ya ha quedado demostrado.

En el día del Ingeniero Agrónomo y del Médico Veterinario considero que la mejor forma de  finalizar el artículo es hacer referencia a un texto escrito por el Académico Ing. Agr. Lucio Reca que resume el espíritu y los valores que sustentan  estas profesiones: “El aumento de la producción agropecuaria nacional  es uno de los objetivos, pero ese aumento de producción no soluciona los problemas socioeconómicos de todos los habitantes de Argentina si no se realiza de manera sustentable, con desarrollo estratégico de regiones, de manera federal, de manera inclusiva, con generación de empleos de calidad, con valor agregado a la producción primaria, colocando en el centro de la escena a uno de los protagonistas principales, que es el productor agropecuario y la mejora de su competitividad, mejorando el nivel de vida y edificando un futuro para las generaciones venideras”.

Que así sea.

Roberto R. Casas